84. pinocho

////////LUNES 22 DE FEBERO DE 2O1O/////////////////////////////////

Hace unas horas me han llamado de una manera que en mi vida me hubiera imaginado me llamarían. Me he quedado petrificado. Me temblaban las rodillas (y eso que estaba sentado); se me pusieron los ojos rojos. ¡Como se puede agradecer tanto con lo poco que he hecho! Ya lo dice el refrán, “de bien nacido es ser agradecido”; pero esto es mas que demasiado.

Yo no se escribir. Se me agolpan ideas una detrás de otra y no se darles forma. Yo solo se actuar. Poco a poco. Despacito. Con buena letra. Y si se deja, así lo haré. Cual pepito grillo. Y las gracias se me quedan cortas…de verdad.

Me haceis crecer, me haceis ser cada dia mas constante, me haceis desarrollar la imaginacion, me haceis ser cada dia mas bueno,mas comprensivo, mas abierto, mas amigo,…

Me haceis ser mas…

¿Quien debe entonces agradecer a quien?

PD. Te dejo el comienzo de una carta. No es mía, pero me gustó.

Querido Pinocho,

Tenía siete años cuando leí por primera vez tus Aventuras. No podría decirte cuánto me gustaron ni cuántas veces he vuelto a leerlas desde entonces. La verdad es que en ti, niño, me reconocía a mí mismo; en tu ambiente, mi ambiente.

¡Cuántas veces corrías por el bosque, a través de los campos, por la playa, por las calles! Y contigo corrían la Zorra y el Gato, el perro Medoro, los niños de la batalla de los libros. Parecían mis carreras, mis compañeros, las calles y los campos de mi aldea.

Corrías a ver los carromatos que llegaban a la plaza; también yo. Te quejabas, retorcías la boca, metías la cabeza bajo las sábanas antes de beber la amarga medicina; también yo. La rebanada de pan con mantequilla por los dos lados, el pastel de canela, el terrón de azúcar y, en algunos casos, hasta un huevo, una pera, o incluso sus mondaduras, representaban un manjar delicioso para ti, glotón y hambriento como estabas; lo mismo me pasaba a mí.

También yo, al ir y venir de la escuela, me veía enzarzado en “batallas”: con bolas de nieve en invierno; a puñetazos y patadas en todas las estaciones del año; unas veces “encajaba”; otras, daba, tratando siempre de equilibrar el “haber” con el “debe” y de no lloriquear en casa, donde, si me hubiera quejado, me habrían quizá dado “el resto”.

Y ahora has vuelto. Ya no hablas desde las páginas del libro, sino desde la pantalla de TV. Pero sigues siendo el mismo niño de otro tiempo.

Yo, en cambio, he envejecido. Me encuentro ya, si se puede hablar así, al otro lado de la barricada. Ya no me reconozco en ti, sino en tus consejeros: el maestro Gepeto, Pepe Grillo, el Mirlo, el Papagayo, la Luciérnaga, el Cangrejo, la Marmota.

Ellos intentaron – ¡ay!, sin éxito, excepto en el caso del Atún – darte consejos para tu vida de niño.

Yo intento dártelos para tu futuro de muchacho y de joven. ¡Mucho cuidado! ¡Ni se te ocurra tirarme a mí también el martillo, porque no estoy dispuesto a acabar como el pobre Pepe Grillo!

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